martes, 5 de abril de 2016

"¿Qué es amar?"


Barachiel V


  Cuando, después de haberme atrevido a besarle por primera vez, Satanael abrió los ojos con sorpresa, tuve un mal presentimiento, sin embargo, cuando se levantó y miró a la oscura nada, inmóvil, en posición de ataque, temí lo peor. Quise tomar su mano, tranquilizarlo, decir algo, lo que fuese, pero me quedé totalmente en blanco, sin saber cómo actuar. Pasados unos segundos, se volvió hacia mí con una expresión perturbada, como si acabase de ver algo que no le alegrase en lo absoluto, aun cuando yo no pude ver nada por la negrura de la noche.

  Tuve el valor de preguntarle qué había sucedido, pero a la mitad de las preguntas, la inseguridad me atacó: ¿Y si no le había gustado mi beso?

  Me tranquilizó acariciando mi rostro con su mano, cálida, y completamente distinta a la mía, y sentí una extraña oleada de vergüenza cruzar todo mi rostro. ¿Por qué era eso?

  Para mi maravilla, volvió a besarme, esta vez con convicción. Sentí que me derretía por dentro y deseé estremecerme, pero me mantuve firme. Me emocioné de sobremanera y tomé su otra mano, igual que veía a los humanos hacer con sus parejas.

  Dormimos juntos, con los dedos entrelazados, mirando a las estrellas.


  Cuando abrí los ojos, el astro rey apenas estaba asomándose por entre los árboles, tiñendo de forma tenue las blancas nubes que retozaban perezosamente en el frío azul. La luna estaba ya desapareciendo, con timidez, mientras las avecillas comenzaban a cantar con alegría.

  Volteé a mi derecha, encontrándome con la expresión tranquila de Satanael al dormir, que estaba sobre su costado izquierdo. Acaricié su rostro con mi mano libre, pero él no despertó, por lo que sólo me levanté con mucho cuidado y caminé por el Jardín.

  Me senté en el césped de un pequeño cerro, con un árbol en la cima, y me dediqué a observar a los humanos por un largo rato, hasta que noté algo en ellos. Decidida, fui al paraíso, sin decirle nada al, aun joven, demonio, buscando a Metatrón.

  Sin saberlo, ésa sería la última vez que visitaría el paraíso por voluntad propia, y la última vez que le preguntaría algo a Metatrón.


  Llegué a un campo verde, como un valle, iluminado por los rayos del sol cálidamente, y con nubes retozando con libertad cerca del suelo, con ángeles de distintas formas y estratos volando de un lado al otro. Me dirigí con lentitud, sin mirar a nadie en específico, hacia el acantilado donde siempre se sentaba Metatrón, tomando asiento junto a él, que me miró con una expresión dura.

-“¿Crees que no sé lo que estás haciendo?

    Lo miré de vuelta con la expresión en blanco y respondí con simpleza.

-“Lo que pienses de lo que hago no me interesa en lo absoluto, ¿no fuiste tú mismo el que me dijo que solo te encargas de saber, y no de juzgar?”

  Apartó la mirada, dirigiéndola al vacío, y volvió a preguntar.

-“Así que… ¿Qué quieres saber ahora de los humanos?”

  Levanté la mirada hacia el firmamento. En el paraíso, yo siempre veía el cielo de un azul profundo, con nubes manchándolo muy ligero de blanco. Le respondí sin mirarlo.

-“¿Por qué los humanos sólo tienen una pareja?”

  La respuesta fue simple, pero aun así significó demasiado.

-“Porque ellos aman.

-“¿Qué es amar?

  Volvió a mirarme, con una expresión de desconcierto, y luego con una que jamás había visto, pero parecía reticencia.

-“Algo que jamás seremos capaces de conocer nosotros, es inherente de los humanos. Es el… 
Apreciar de forma profunda a un igual, un sentimiento puro, altruista, que provoca hacer lo que sea por el bienestar de esa persona. Lo más parecido que sentimos es la adoración por El Padre, pero solamente eso… Barachiel, ni tú… ni él pueden sentirlo, no deben, solo te traerás problemas. Detente ya. Tú perteneces aquí.

  Yo solo me levanté y me fui lo más rápido que pude sin hacer un escándalo.

  Por primera vez, no confiaba en el juicio de Metatrón.

  Cuando estaba a medio camino de vuelta, Azael me alcanzó voceando mi nombre, sin embargo, cuando me giré, pude darme cuenta que no estaba nada contento de verme. Su expresión era fría, como si estuviera molesto conmigo por alguna razón, y cuando comenzó a hablar, mis sospechas casi fueron confirmadas por el tono duro que utilizó.

-“Ya escuchaste a Metatrón, aléjate de ese demonio de una vez. Somos ángeles, Barachiel. Jamás podremos amar, entiéndelo. Para de comportarte como un niño humano y ser caprichoso.”

  Sentí como algo dentro de mí se endurecía, así que respondí en el mismo tono pedante que él.

-“Para de comportarte como un niño humano y creer que sabes todo, Azaziel, porque no lo haces. No eres Metatrón, no opines si no tienes idea.”

  Su expresión cambió a una de sorpresa total, luego pareció ofendido, pero no le di tiempo para que respondiera, sólo me di la vuelta y empecé a andar de nuevo, buscando salir lo antes posible.  Pero aún no había avanzado mucho cuando algo me hizo detenerme de golpe.

  Un estruendo increíblemente fuerte sacudió la tierra, y un grito atronador atravesó las nubes.


-“…¡Barachieeeeeel!


domingo, 3 de abril de 2016

Ojos Carmesí


Satanael V


El tiempo estando a su lado se hacía más lento, como si todo se detuviera y solo estuviésemos los dos en el Jardín, los días se hacían más placenteros, más alegres; verla sonreír era lo más importante para mí.

Desde que Barachiel cambió a una forma más femenina, pude acercarme más a ella, era más fácil para mí. Se veía tan bien, su rostro, su cabello, hasta su figura se me hacía más hermosa.

Con frecuencia me le quedaba mirando mientras ella observaba a los humanos en sus quehaceres diarios, tratando de aprender sobre todo lo que los hombres y mujeres hacían.

Cómo ellos recolectaban alimentos, o cómo los hombres cazaban en el bosque, cómo se acercaban los machos a las hembras, y cómo éstas cuidaban a sus crías, los niños; eso era algo que a ella le fascinaba.

El cuidado y la devoción que ponían las hembras humanas al estar con sus crías, el amor que les profesaban y la protección que les otorgaban, eso lo encontraba fascinante.

Normalmente nuestra rutina era sentarnos juntos a ver a los animales, sentir el aire, sentir la luz del sol y por mi parte, contestar a sus dudas respecto a las cosas que ella desconocía, me alegraba poder ser de ayuda y esto nos acercaba mucho más, en verdad me hacía feliz verla alegre.


Una noche estando juntos recostados en el césped, cuando sólo la luna nos cubría con su luz, paso algo que no me esperé, algo que me sorprendió de sobremanera, algo que me maravillo por completo; ella tomó mi mano con delicadeza, mirándome directo a los ojos, como leyendo mis pensamientos, y me besó, tan lento, tan suave, que pude sentir su calor, su pureza, su divinidad y amor.

Fue algo tan increíble, que no supe cómo corresponder, traté de hacerlo de la mejor manera posible, pero estaba desconcertado. En ese minuto todo se detuvo, y ya no me importó nada más a nuestro alrededor.

Esa noche había algo distinto, al separarme de ella aún seguía un poco estupefacto; pude darme cuenta que a la luz de la luna su rostro era aún más hermoso, que sus ojos brillaban con un resplandor distinto. Ella me observaba atentamente, como estudiando cada uno de mis movimientos y gestos, como si quisiera que dijese algo, pero no lo hice, solo levanté mi mano y acaricié su mejilla y mentón lo más suave que pude. Vi cómo su rostro tomaba un tono rosa muy leve, que apenas podía notarse con la luz que nos rodeaba.

Ese día pasaría a la historia.

A los pocos segundos, sentí como unos ojos severos nos observaban, sentí la desaprobación, el horror, celos y envidia. Pude darme cuenta de que alguien estaba muy cerca de nosotros.

Me puse en alerta, me levanté y busqué a mí alrededor hasta que la encontré... Lilith, una de mis hermanas mayores... aunque técnicamente no éramos hermanos.

Ella fue la primera esposa del "primer" hombre "Adamus", Adán para otras lenguas, quien fue desterrada y convertida en una Súcubo, un demonio femenino que se alimenta de la sangre y energía de los hombres que poseía.

Mi padre, en su locura, le prometió que yo le pertenecería y me uniría a ella en "matrimonio" cuando madurara, cosa que al parecer ya era tiempo, y que yo estuviera cerca de Barachiel no le gustaba en lo absoluto.

La miré a los ojos directamente, esos ojos de un color rojo carmesí brillando entre los arboles de nuestro bosque, de nuestro Jardín. Éste era mi territorio... nadie podía acercarse a él, ni a mi ángel.

Lilith desapareció entre las sombras de la noche como una ráfaga de humo muy oscuro, y por un segundo pensé que estaríamos a salvo; me volví hacia Barachiel fijándome en su expresión de desconcierto, y acaricié su cabello tratando de calmarle...

-“Tranquila, no pasa nada...”

A lo que ella pregunto con un tono de preocupación...

-“¿Qué sucede? ¿De qué me perdí? ¿Por qué te levantaste tan de repente? ¿Hice algo que no está bien?... ¿No te gustó mi... beso?...”


Su expresión de ternura al decir esas palabras hizo que mi corazón latiera como loco, solo pude esbozar una sonrisa y besé esos dulces labios, esperando a que el tiempo nuevamente se detuviera.






lunes, 28 de marzo de 2016

Bajo la Luna


Barachiel IV


  Miré una vez más su armadura, con unas manchas en algunos lados, su cabello oscuro, un poco más largo, pude analizar a profundidad las marcas que surcaban la piel de su rostro, pálida, casi blanca, y sus ojos, que respondían mi mirada de forma directa, y a la vez con duda. Analicé y grabé a fuego en mi memoria su expresión, cada parte de ella.

  Tardó un rato en responderme, y cuando lo hizo no me miró a los ojos, lo hacía los lados, casi buscando algo.

-“¿Por qué?... ¿Para qué Barachiel?”

  Pareció querer decir algo más, sin embargo, algo lo detuvo.

  Dudé sobre si decirle lo que realmente quería hacer; agradecerle por su compañía, por aceptar mi presencia, por apreciar lo que era capaz de hacer, mas no podía hacerlo, algo dentro de mí me lo impedía, me hacía temblar.

  Me dediqué monótonamente a explicarle mis observaciones sobre los humanos, sobre cómo éstos se expresaban el afecto y la gratitud y cómo había comenzado a diferenciarlos con el paso del tiempo.

  Al principio pareció confundido, sin embargo me prestó atención y escuchó lo que yo había descubierto, todo eso gracias a que Metatrón se negó a seguirme explicando los misterios que me rodeaban fuera del paraíso, harto de mis cuestionamientos.

  Había notado cómo éstos expresaban su cariño de una forma más protectora hacía lo que, después me dijo Satanael, ellos llamaban sus hijos, y cómo lo hacían más abiertamente hacía sus parejas, concepto dado también por el demonio.

  Mantuvimos siempre la cercanía mientras hablábamos, parecía cómodo, casi alegre, y yo sentí crecer algo nuevo en mi pecho, algo desconocido para mí.

  A veces tomaba algunas de las flores que había hecho crecer a nuestro alrededor y la analizaba con detenimiento, como si no terminara de creer que lo hubiera hecho yo, como si jamás hubiera visto algo así. Sentí otro nuevo sentimiento dentro de mí, y me sorprendí al saber que Satanael era el causante de aquello.

  Hasta que, mientras hablaba un día de cómo se diferenciaban los humanos, caí en cuenta de algo.

-“Tú eres un… Hombre, ¿cierto, Satanael?”

  Él asintió desconfiado, y entonces solté la pregunta que me incomodaba.

-“¿Eso me hace una mujer?”

  Se confundió por la pregunta repentina, y me pidió una explicación, por lo que expresé que había observado como los varones se relacionaban siempre con las mujeres.

  Y por alguna razón que no entendí, su rostro se coloreó de un rojo muy claro, mientras balbuceó torpemente una pregunta.

-“¿Nos… consideras… una… una… pareja?...”

  Asentí lentamente y lo miré con extrañeza. ¿Él no lo hacía?

-“Pero no siento que me veo realmente como una mujer… ¿Podrías ayudarme?”

  Después de esa pregunta, que incomodó mucho a Satanael a mi parecer, discutimos cómo se veían las mujeres, cómo andaban, actuaban, hablaban y eran anatómicamente, hasta que creé una forma con la que me sentí cómodo, ¿o cómoda?, y que se viera femenina, perfeccionándola con el paso de los días y haciendo cambio tras cambio sin miedo.

  Pasada la búsqueda de mi apariencia ideal, el demonio y yo nos recostamos sobre el pasto en silencio, observamos cómo la estrella mayor se escondía en el firmamento, cómo las nubes se teñían de un tierno color naranja y luego se retiraban de nuestra vista, empujadas por el viento hacia el oeste, cómo la contraparte de Sol se asomaba con timidez por el cielo y cómo sus pequeñas y brillantes compañeras hacían acto de presencia para formar parte del ritual nocturno acostumbrado.

  Sin saber realmente lo que hacía, y si estaba bien o no, me atreví a unir mi mano derecha con la izquierda de Satanael, igual que había visto hacer a los hombres y a las mujeres con sus parejas cuando estaban juntos, sin dejar de ver al firmamento, internamente tuve miedo de ser rechazada, temí que me mirara con repulsión, como lo hacían los ángeles, y que jamás volviera a visitarme en el Edén.

  Sin embargo, cuando volteó su rostro hacia mí, no observé nada de lo que creí que encontraría, solo una mirada serena, tranquila, tierna, y no la apartaba, la mantenía fijada en mí, provocándome un estremecimiento, de nuevo estaba ahí ese sentimiento extraño, que me removía por dentro, y él me sonrió de lado muy leve, apenas visible; aquello me llevó a armarme de valor y hacer lo que tenía planeado de antes.

  Aún sin saber si sería rechazada o no, aún sin saber si eso estaba bien o no, aún sin saber todos los problemas, y el desenlace que tendría aquello, simplemente lo hice.


  Lo besé.



sábado, 26 de marzo de 2016

¿El Primer Beso?


Satanael IV


¿Qué podía hacer? estaba delante del ser más hermoso que había visto, ¡la perfección!, tenía tanto que decir, tanto que preguntar, pero ninguna palabra lograba salir de mi estúpida boca, solo monosílabos y un leve movimiento de cabeza para asentir o negar.

¿Cómo sabía mi nombre? ¿Quién se lo había mencionado?, eso quería decir que sabía de mi reputación, sabía de lo que hablaban los demás ángeles y seres del Edén. Sabía entonces por qué huían de mí o gritaban al verme, ¿ella sabría de mi hogar?... ¿de mi pasado?

Su nombre... ¿¡cuál era su nombre!? ¡¡No tenía ni una idea de los nombres en el paraíso!!, solo tenía una idea de que los nombres de ciertos ángeles tenían el sufijo "-el", como el mío...

¿Cómo podría llamarse el ángel más hermoso? ¿Qué nombre tendría esta creación divina?, tenía la mente en blanco, y eso me exasperaba.

Ella me seguía hablando, y haciendo preguntas, que en una primera instancia no lograba comprender, eran inocentes y curiosas, como las de un infante. Veía como con cada una de ellas su rostro se ponía de un dulce tono rosa, eso hacía que mi corazón se volviera loco, quería tocarla, quería sentir su rostro, la textura de su piel, sentir el sabor de sus labios.

Pero era un idiota. Sí, un idiota, porque no lograba idear ¡¡una sola palabra!! ¿Qué podía decir que no me hiciera quedar aún más como un estúpido?

Entonces, dije:

-"No lo sé… no sé cuál es... ¿puedes… decirme tu nombre?... "

¡Sí! ¡Lo había conseguido! ahora... solo tenía que esperar que no hubiese sonado tan mal como para que ella me diera una respuesta y al fin conocer su nombre.

-"Mi nombre es Barkiel, aunque soy más conocido como Barachiel, según algunos como el Arcángel de las Bendiciones".

Bendiciones, había escuchado de ellas de la boca de mi padre, eran los milagros de los dioses, para con los humanos de este mundo, algo para mantener la devoción y la fe de los seres inferiores.

Susurré:

-"Bendiciones, los… milagros de los dioses... "

Cuando mencioné esto, su rostro cambió su tono muy bruscamente de uno pálido a uno rosa. Se había sonrojado… ¿se había sonrojado por algo que yo dije? ¿Acaso dije algo que la molesto? ¿Acaso cometí algún error?...

-"Algunos dicen que lo que hago son milagros, pero la mayoría de mis compañeros no comparten esa opinión… ellos dicen que no merezco nada de eso. "

-"¿Cuáles... son los milagros que haces?... ¿puedes... enseñarme alguno?"

Su expresión cambió; mientras me explicaba lo de los demás ángeles se le veía triste y decaída, pero, de pronto, su rostro se volvió luminoso y alegre, un tanto deseoso y curioso a la vez, entonces vi algo que me dejo tan o más perplejo que mi primer día en el Jardín.

Ella levantó sus manos por un momento, y luego las bajó con delicadeza, hasta alcanzar el césped a nuestros pies, entonces, como por arte de magia, miles de flores comenzaron a aparecer a nuestro alrededor, de muchos colores, de todos los tonos posibles y de una variedad infinita.

Verla en medio de ese jardín, ese prado que ella había creado, verla a ella tan reluciente, tan hermosa, me hizo tomar una decisión... no me separaría de ella nunca más.


Los días pasaban y nuestros encuentros en el bosque se hacían más recurrentes, el solo sentarnos el uno al lado del otro, nos hacía sentir muy bien, las preguntas y dudas de ambos se fueron disipando, aunque no hablábamos mucho, ya confiábamos en el otro.

Constantemente le veía caminando por el claro, haciendo florecer los arbustos y los árboles frutales, tratando de acercarse a los animales, pero éstos, por alguna razón que desconozco se alejaban, aunque a mi parecer no era por miedo, sino como por algún tipo de respeto.

Noté que últimamente observaba a los humanos más que antes, como si le intrigara algo, como si quisiera respuestas a muchas preguntas...

De pronto, un día, formuló una pregunta que no supe cómo tomar...


-"Satanael... ¿podrías... besarme?"







viernes, 25 de marzo de 2016

La Primera Conversación


“Barachiel III”


  Siempre había pensado que mientras yo estaba cerca, él se notaba incómodo, no porque no le agradara mi presencia, sino por algo más… algo que no sé explicar con palabras, pero podía notarlo en su expresión. 

  Por unos pocos segundos, me miró con sorpresa, como si realmente fuera la primera vez que me veía, y lo más probable era que así fuera. Cuando nos encontramos antes, era aún un infante, joven e inexperto, sería normal que se olvidara de algo así… ¿no?

  Seguí cantando mientras le observaba durante unos momentos, y luego me detuve, le observé dudar sobre qué hacer, parecía pelear internamente entre acercarse y quedarse donde estaba. Por mí, habría sido agradable que él se acercara, pero supuse que creía que yo le temía, o que huiría, como todos los demás habían hecho.

  Lo vi decidirse solamente por mantenerse a esa misma distancia, pero sentándose contra un tronco frente a mí, sin emitir ningún tipo de sonido, con cautela, casi como si creyera que solo era un espejismo, un sueño del que no quisiera despertar.

  Lo miré atentamente, pues él hacía lo mismo, y se detenía cada cierto tiempo en mi bastón, que se encontraba en el suelo junto a mí, en la rosa que sostenía en mis manos, una planta meramente decorativa, en el único par de alas que me había atrevido a mostrarle, en mis brazaletes, que marcaban mi posición como un arcángel, y en mis ropajes, que había creado imitando a los humanos.

  Igualando sus movimientos, me levanté y comencé a andar hasta él, pude notar cómo se tensaba inconscientemente, cómo había roto la burbuja de calma que lo envolvía y cómo los animales que le rodeaban huían al sentir mi presencia.

  Eso siempre había sucedido y siempre lo haría, los seres vivos jamás aceptarían mi presencia.

  Me senté a su lado lentamente y observé con cuidado los detalles de su armadura, opaca, negra en su totalidad, como si se tragara la luz del Sol, él se había quitado el yelmo al entrar al Edén al parecer, pues podía notar cuánto había crecido su cabello, no demasiado, pero sí lo suficiente para notarlo, cómo ya había superado mi estatura, y sus pies y manos eran considerablemente más grandes que los míos. De forma sorprendente, él no olía a lo que Metatrón decía que olían los demonios: “sangre, muerte y sufrimiento”, él olía al bosque, a la madera de los árboles, a las hojas de hierbabuena… a tranquilidad.
  
Vi que la armadura estaba sucia en algunas partes de tierra, lodo y que tenía algunas hojas enganchadas por ahí y allí, pero no había sangre por ningún lado, lo cual me hizo sentir mejor, por alguna razón.

  Después empecé a pensar que quizá sería buena idea entablar una conversación, pero ¿cómo debería de comenzarla? Tenía miedo de decir algo incorrecto, algo que lo incomodara, o que le hiciera sentir que yo lo rechazaba de alguna forma. Jamás había tenido una plática con alguien, más que con Metatrón y Azazel, he ahí, entonces, mi dilema, puesto que no estaba con cualquiera, y sentía la necesidad de conseguir su aprobación. ¿Qué es este sentimiento?

  Me decidí, de una vez por todas, a iniciar por su nombre, algo sencillo, fácil, quizás él me respondería con tranquilidad, o quizás él pensaría que me estaba burlando. ¿Por qué tenía que ser tan difícil?

-"Entonces… Tu nombre es Satanael, ¿no es cierto?”

  Me miró profundamente, parecía no saber qué decir, el silencio creció y se expandió por el claro, lo único que lo rompía era el ligero silbido del viento que atravesaba las hojas de los árboles, los cuales se mecían con suavidad desde sus copas.

  Supuse en ese momento que le había tomado por sorpresa, y traté de pensar en algo más que decir.

-"Tú no conoces el mío, ¿verdad?”

  Negó suavemente, y entonces tuve una idea.

-"¿Qué tal si tratas de adivinarlo?”

  Me miró con los ojos en blanco un segundo, no supe más que decir.

-"Vamos, inténtalo, no puede ser tan difícil”

  Parecía que para él lo fue, puesto que ni siquiera lo intentó.

-"¿No conoces el nombre de ningún ángel?”

  Y oí su voz por primera vez.

-"No”

 Muy bajo, muy suave y grave, como un susurro, como si tuviera miedo.

  Esbocé una sonrisa, y deseé oírla más.


martes, 22 de marzo de 2016

El Primer Acercamiento


"Satanael III"


Al entrar al Edén, por el mismo templo que antaño era frecuentado por los seres inferiores del lugar, noté movimiento a lo lejos, animales pequeños, aves volando y surcando el viento con total libertad, algo de lo que yo carecía en el Inframundo.

Mi hogar, el lugar más bajo del Purgatorio, es un sitio desolado y lúgubre, ningún alma se hacía presente en él, es muy común que algunos de los de mi "casta" salgan al exterior y busquen "diversión" con humanos, y al terminar los usen como alimento, he visto más de una vez cómo consumen la carne y las almas de esos seres que son inocentes, por eso salir de él para mí era lo mejor que existía.

Recorrí gran parte de ese jardín que me permitía ser yo mismo, olvidarme de mi vida, de mis problemas, de los gritos y la misma oscuridad de siempre.

Al llegar a mi lugar, ese árbol "tonto" me estaba esperando, ese mismo lugar que frecuentaba desde la primera vez que entre al Edén, ese mismo lugar que representaba mi descanso, mi calma.

Me senté bajo la sombra como era costumbre y pude sentir nuevamente la calidez del Astro Rey, la quietud del lago, el sonido de los animales a mi alrededor, todo era tranquilidad.

De pronto algo llamó mi atención, algo que ya había escuchado con anterioridad, esa voz tan característica, esa melodía que hacía que mi mente se quedara en blanco, que mi corazón latiera más deprisa, era ella... ese ángel, estaba nuevamente en el claro del bosque donde la encontré por primera vez.

Cuando crees haber visto algo perfecto, te puedo decir por experiencia propia que no hay nada más bello que un ángel, sobre todo la que estaba frente a mí, nada era tan delicado, tal luminoso, tan perfecta como ella.

Solo me le quede mirando, embobado por tal belleza, sin poder articular una sola palabra.

Estoy completamente seguro de que pudo darse cuenta de mi presencia, solo al sentir mi mirada a su espalda. ¿Qué más podía hacer? estaba tan cerca, era algo que nunca antes había visto, algo que despertaba mi curiosidad, esa misma que mis hermanos mermaron e hicieron añicos cada “noche de juegos".

Ella de pronto se dio la vuelta, y me quedo mirando fijamente con una expresión de quietud, fuera de lo común, yo solo pude darme cuenta de cuan hermosos eran sus ojos, de cuan maravilloso era su rostro, que esa luz que vi a lo lejos no era nada comparado a la luz que estaba frente a mí en ese momento, esa pureza tan inmaculada.

Me acerque lentamente para no espantarla, tan lento como un cazador acecha a su presa, sin emitir ningún ruido, sin respirar siquiera.

Mi corazón latía a mas no poder, pero en mi rostro no había ni una pizca de emoción, a pesar de todo tengo que guardar apariencias, no quería que se diera cuenta de cuan maravillado estaba, todos creen que soy un psicópata, todos me ven como un asesino de sangre fría, algo tan horripilante que no puedes ver a la cara, un monstruo.

Quizás si me animaba a emitir una sola palabra, correría o se alejaría y ya no volvería. A pesar de toda mi curiosidad, amainé mis deseos y me detuve, me senté en el prado frente a ella y pude darme cuenta de sus rasgos, su delicada piel, blanca como la leche, su cabello largo y sedoso que al parecer cambiaba de tonos dependiendo de la luz que lo tocaba, sus ojos de un color ámbar muy particular, tan hermosos que no podía dejar de mirarlos fijamente, traía unos ropajes muy parecidos a túnicas, de colores blancos y rojos, con un cinturón dorado ciñéndolos, un bastón de madera muy humilde a su lado y unas pulseras de cobre en su muñeca izquierda y su tobillo derecho, mientras ella sostenía una rosa blanca en sus manos.

Podía sentir la brisa y ver como el aire jugueteaba con sus alas, la calidez del Sol, el aroma de las flores, la humedad en el ambiente, los pequeños animales que corrían a nuestro alrededor, me sentía más vivo que nunca.

Mi tranquilidad se acabó cuando sentí que ella se ponía de pie, y lentamente se acercaba hasta mí, los animales a mi alrededor se esfumaron como por arte de magia, lo cual me pareció muy extraño, ya que la mayor parte del tiempo estos se acercaban y jugueteaban en mi entorno.

A pesar de que cada ser iluminado y humano escapaban al verme, los animales eran los únicos seres vivos que permanecían a mi lado. Yo solo me dedicaba a verlos y de vez en cuando a observar a sus crías desarrollarse.

Ella se sentó a mi lado, tan cerca, que podía sentir su respiración, el calor que expedía su cuerpo, su aroma muy similar a la flor de vainilla, sus pies descalzos muy cerca de los míos y me pude dar cuenta que el tiempo que había transcurrido desde la última vez que la vi había sido bastante más extenso de lo que imaginaba, ya que ella en este momento era más pequeña que yo, tan delicada como un botón de rosa.

Mi corazón latía muy fuerte en ese momento, podía ver cada detalle de su rostro, sus manos, sus ojos, sus labios y pude sentir un anhelo por ella, un deseo tan grande de tocar su piel, de sentir su calor en mis manos frías, de sentir su amor, algo que solo en mis sueños era posible.

Mi mente de pronto reaccionó al darme cuenta que ella parecía querer decirme algo...















El Mirar de un Demonio


"Barachiel II"


  ¿Que si lo noté? Por supuesto que sí. No logré verlo, se escondió bien, aparte que era pequeño, pero pude sentir su paz, su tranquilidad y su admiración.

  Tenía gran potencial, lo sentí también, pero entre todo lo que cualquiera pudiera esperar sentir por el retoño de un caído, no sentí maldad, en lo absoluto. Solo una profunda e inocente curiosidad, bastante similar a la mía, lo cual me hizo sentir apoyado, comprendido, por primera vez en mi existencia.

  Permanecí en el Edén a partir de ese momento. Reconocí a los humanos que lo habitaban, los que quedaban, claro, y lo que quedaba del templo que, para ese momento ya era antaño, los humanos se habían dedicado unos a otros, a los “más fuertes”, a los “superiores”, que podrían incluso llamarse “Dioses”.

  Reconocí cada árbol, cada arbusto, cada flor y planta, cada ser vivo que podía crecer en aquel espacio sin tiempo real y definido, y al mismo tiempo, tan similar al nuevo “mundo humano” o “plano físico”.

  Pregunté a Metatrón por los nombres de aquellas y comencé a hacerlas crecer a través de la imitación, él aceptó sin muchas ganas y me explicó sobre ellas, sin que yo le entendiera del todo. Después de muchos fallos y errores, pude comprender su funcionamiento y para qué servían cada una a los seres en movimiento, llámese humanos o animales, gracias a que las probaba yo mismo y analizaba sus efectos sobre mi “cuerpo”, o lo más cercano que mi energía podía estar a tener uno.

  También experimenté sobre mi apariencia, sobre cambiar de estatura, complexión, color de “piel” y de “cabello”, de “rostro” y esconder o mostrar mis alas, mas solo era capaz de observar estas distinciones sobre el agua del lago cerca de mi claro,  mi espacio. Por supuesto, cuando este joven demonio no se encontraba por el lugar.

  Sobre él… No me había atrevido a presentarme ante él con la misma forma de antes, andrógina y pequeña, simplemente por observar cómo se desarrollaba, cómo crecía y su cuerpo cambiaba, así que no había vuelto a cantar, y cuando me permitía acercarme a él, lo hacía pareciéndome lo más posible a un niño o niña humano, lo primero que se me ocurriera en el momento.

  Al paso de algunas venidas del demonio noté cómo tanto los humanos como los ángeles huían de él con completo terror, así que decidí preguntar a Metatrón por el alboroto.

  Satanael.

  Ése era su nombre, el hijo más joven de Lucifer.

  Él había sido un ángel amable, sincero y tranquilo… Y por un tiempo, el único que apreciaba lo que yo era capaz de hacer.

  ¿No lo sabes? Son milagros.

  Cuando el Padre me creó, el nombre que me dio fue Barachiel, que significa “bendición de Dios”, lo que con el “tiempo”, los humanos nombraron milagros. ¿Nunca habías oído que la vida es una bendición?

  Pero mientras crecían y se expandían, los humanos comenzaron a adjudicarle a otros humanos lo que yo hacía por ellos, no me sentía mal, después de todo, realmente jamás me lo habían agradecido.

  Sin embargo, cuando él cayó, los ángeles comenzaron a creer que podría hacerlo yo también, ya que éramos cercanos y compartíamos las mismas ideas.

  Ahí noté que jamás habían llegado a conocerme en verdad, puesto que yo amaba al Creador más que nadie, y no podría ser capaz de levantarme en contra de él y su voluntad.

  Por eso me separé, me aparté y escondí en aquel jardín, el único con el que había hablado era Metatrón, puesto que de él no podía ocultarme. Las pocas veces que subía al paraíso, sentía las miradas de desaprobación de los demás ángeles, sobre todo de los arcángeles, que siempre habían creído que yo no merecía ser mencionado en su misma categoría.

  Metatrón me dijo también que ese demonio era más “peligroso” que la mayoría, que no debía acercarme a él y mucho menos hablarle o entablar algún tipo de relación, sin embargo, yo sabía que no era así, que el joven alto, de piel terriblemente pálida, ojos oscuros como una noche sin luna y cabello del color del ébano, que solo me había permitido ver una vez, en la cual, demasiado agotado para luchar contra el cansancio, se había quitado el yelmo de su sombría armadura negra en su totalidad y se había quedado dormido bajo el árbol triste que frecuentaba en el bosque, no era el cruel y sanguinario asesino que todo el mundo decía que era, que era solo alguien que buscaba comprensión… justo como yo.

  En ese momento noté que tenía marcas en la piel más oscuras, y una mirada profunda, pero no intimidante sino… solitaria, y deseé ser capaz de acercarme a él para tocarlas, para conocer cómo era la textura de la piel de un ser físico real, pero sabía que él no me lo permitiría tan fácilmente, por lo que solo esperé a que se fuera para volver a la forma con la que él me había conocido, y tomé una decisión.

  Aguardé pacientemente a los alrededores de las ruinas, puesto que era el lugar por el que siempre entraba al Edén, hasta que llegó un tiempo después, no sabría decir cuánto en sí, nunca he sido bueno para eso, y volé lo más rápido que pude hasta el lugar donde me vio por primera vez y comencé a cantar como había practicado en solitario.


  Sentí su presencia y su mirada sobre mí, y por primera vez, me permití mirarlo mientras él me miraba.