Satanael V
El tiempo estando a su lado se hacía más
lento, como si todo se detuviera y solo estuviésemos los dos en el Jardín, los
días se hacían más placenteros, más alegres; verla sonreír era lo más
importante para mí.
Desde que Barachiel cambió a una forma más
femenina, pude acercarme más a ella, era más fácil para mí. Se veía tan bien,
su rostro, su cabello, hasta su figura se me hacía más hermosa.
Con frecuencia me le quedaba mirando
mientras ella observaba a los humanos en sus quehaceres diarios, tratando de
aprender sobre todo lo que los hombres y mujeres hacían.
Cómo ellos recolectaban alimentos, o cómo
los hombres cazaban en el bosque, cómo se acercaban los machos a las hembras, y
cómo éstas cuidaban a sus crías, los niños; eso era algo que a ella le
fascinaba.
El cuidado y la devoción que ponían las
hembras humanas al estar con sus crías, el amor que les profesaban y la
protección que les otorgaban, eso lo encontraba fascinante.
Normalmente nuestra rutina era sentarnos
juntos a ver a los animales, sentir el aire, sentir la luz del sol y por mi
parte, contestar a sus dudas respecto a las cosas que ella desconocía, me
alegraba poder ser de ayuda y esto nos acercaba mucho más, en verdad me hacía
feliz verla alegre.
Una noche estando juntos recostados en el
césped, cuando sólo la luna nos cubría con su luz, paso algo que no me esperé,
algo que me sorprendió de sobremanera, algo que me maravillo por completo; ella
tomó mi mano con delicadeza, mirándome directo a los ojos, como leyendo mis
pensamientos, y me besó, tan lento, tan suave, que pude sentir su calor, su
pureza, su divinidad y amor.
Fue algo tan increíble, que no supe cómo
corresponder, traté de hacerlo de la mejor manera posible, pero estaba
desconcertado. En ese minuto todo se detuvo, y ya no me importó nada más a
nuestro alrededor.
Esa noche había algo distinto, al
separarme de ella aún seguía un poco estupefacto; pude darme cuenta que a la
luz de la luna su rostro era aún más hermoso, que sus ojos brillaban con un resplandor distinto. Ella me observaba atentamente, como estudiando cada uno de
mis movimientos y gestos, como si quisiera que dijese algo, pero no lo hice,
solo levanté mi mano y acaricié su mejilla y mentón lo más suave que pude. Vi
cómo su rostro tomaba un tono rosa muy leve, que apenas podía notarse con la
luz que nos rodeaba.
Ese día pasaría a la historia.
A los pocos segundos, sentí como unos ojos
severos nos observaban, sentí la desaprobación, el horror, celos y envidia.
Pude darme cuenta de que alguien estaba muy cerca de nosotros.
Me puse en alerta, me levanté y busqué a mí
alrededor hasta que la encontré... Lilith, una de mis hermanas mayores... aunque
técnicamente no éramos hermanos.
Ella fue la primera esposa del "primer" hombre
"Adamus", Adán para otras lenguas, quien fue desterrada y convertida
en una Súcubo, un demonio femenino que se alimenta de la sangre y energía de
los hombres que poseía.
Mi padre, en su locura, le prometió que yo
le pertenecería y me uniría a ella en "matrimonio" cuando madurara,
cosa que al parecer ya era tiempo, y que yo estuviera cerca de Barachiel no le
gustaba en lo absoluto.
La miré a los ojos directamente, esos ojos
de un color rojo carmesí brillando entre los arboles de nuestro bosque, de
nuestro Jardín. Éste era mi territorio... nadie podía acercarse a él, ni a mi
ángel.
Lilith desapareció entre las sombras de la
noche como una ráfaga de humo muy oscuro, y por un segundo pensé que estaríamos
a salvo; me volví hacia Barachiel fijándome en su expresión de desconcierto, y
acaricié su cabello tratando de calmarle...
-“Tranquila, no pasa nada...”
A lo que ella pregunto con un tono de preocupación...
-“¿Qué sucede? ¿De qué me perdí? ¿Por qué te levantaste tan de
repente? ¿Hice algo que no está bien?... ¿No te gustó mi... beso?...”
Su expresión de ternura al decir esas
palabras hizo que mi corazón latiera como loco, solo pude esbozar una sonrisa y
besé esos dulces labios, esperando a que el tiempo nuevamente se detuviera.
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