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martes, 17 de mayo de 2016

Partida


Barachiel VII


  La visita de Azael trajo incertidumbre a nuestros corazones: la idea de ángeles andando por el mundo y enfrentándose a las inclemencias de éste me preocupaba, pero sabía que estando juntos serían capaces de superarlo.

  Lo que sí me había quedado en la mente fue su expresión de asco ante mi respuesta.

  Yo jamás serviría a nadie que no fuera el Padre, por lo que su oferta, expuesta de forma soberbia, no me interesó en lo absoluto. Sin embargo, que tratara de juzgarnos sin conocer de propia mano lo que significa amar a alguien… Eso, definitivamente, no podía perdonárselo.

  Unas mañanas después, al hacer nuestro recorrido común en el Jardín, nos encontramos con un pequeño que no parecía temernos, y que, incluso, apreció nuestra presencia, jugando a nuestro alrededor. Por primera vez, sentí que lo que crecía en mi pecho no era un sentimiento: era un deseo… ¿Un deseo de qué? No estoy del todo segura, pero era algo parecido, aunque al mismo tiempo distinto, a lo que sentía con mi compañero.

  Era como una especie de anhelo, y al mismo tiempo, como una llama ardiente,  algo que hacía a mi estómago estrujarse, pero crecer a mi pecho, con un latido vibrante y esperanzador de algún modo; como el sentimiento que nacía en mi pecho al ver brotar las flores, del suelo, ante mis deseos, ante mis órdenes y voluntad.

  Cuando la noticia de la traición de los demonios a la facción de Akibel llegó a nuestros oídos, fue como sentir que mi preocupación se materializaba: mi escape con Satanael, y mi posterior unión con él, había causado ese desenlace; yo era la culpable de todo el dolor que esos pobres ángeles estaban siendo obligados a sufrir. A pesar de que mi demonio trataba de consolarme, yo no era capaz de sentir tranquilidad tan fácilmente.

  Encontrar al pequeño Azaroth en esa condición provocó en mí sentimientos innombrables en ese momento; una mezcla desgarradora de preocupación, miedo, temor y… y… y rabia.

  ¿Quién había sido capaz de hacerle eso a una criatura tan indefensa? ¿Por qué?

  Mi actuar ante aquellas aves fue impetuoso y no planeado, la expresión de dolor, tan marcada, en el joven rostro, estuvo a punto de hacerme llorar. ¿Cuántos horrores tuvo que soportar ese pequeño ser?

  Y aunque no pude dormir hasta pasadas tres noches de su llegada, hasta que el niño dejó de tener pesadillas cada vez que cerraba sus ojos, sabía que sentía seguridad entre nuestros brazos, en nuestro pequeño y humilde hogar.

  La morada que creamos Satanael y yo lo hicimos al lado de la cascada, que sonaba y nos arrullaba por las noches, que nos permitía ver la luna en su cristalino espejo y, a mí en lo particular, conocer el tacto del agua, y sentir su frescura al beberla. 

  Lo bañamos en el pequeño lago, entre el demonio y yo, puesto que al ser fría el agua, Azaroth siempre se mostraba renuente a entrar a ella; lo vestimos con telas que conseguimos en los pueblos. Satanael le consiguió carne para que se alimentara, junto a pequeñas plantas verdes comestibles que yo hice crecer para él, a pesar de que comiera poco y de forma lenta, mostrándonos, una vez más, la indecisión de su naturaleza: ¿Necesitaba alimento, como mi acompañante, o era capaz de prescindir de él, como yo? Que fuera pausado su ritual de alimentación me permitía observar que el pequeño sentía la necesidad de comer, pero que, al mismo tiempo, se mostraba apático a hacerlo.

  Azaroth parecía disfrutar de mi canto, y de los cariños, torpes e inseguros, que mi demonio le daba en la cabeza mientras me escuchaba, puesto que se quedaba dormido poco tiempo después, sin emitir ninguno de los gritos que los primeros días caracterizaban sus sueños, para que al despertar nos sonriera ampliamente, puesto que, al parecer, no sabía hablar.

  Lo único que me inquietaba eran sus alas, y su aparentemente rápido crecimiento: Dejaría de necesitarnos en cualquier momento, incluso antes de que fuéramos capaces nosotros de dejar de necesitarlo a él.

  Con sus contrastantes alas, apenas podía levantarse del suelo para volar, y sólo tenía un par, por lo que hasta cierto punto estaba preocupada, después de todo, los ángeles de clase alta tienen más pares, mientras que los de baja, solo uno, pero… ¿Él sería capaz de desarrollar más, después de crecer? ¿Se quedaría sólo con ese único par?

  Azaroth era un enigma para Satanael y para mí, puesto que no se comportaba ni como un demonio ni como un ángel en su totalidad; ¿de qué podría llegar a ser capaz?

  Sin embargo, que no supiéramos los límites de su poder no significaba que le temiéramos, porque, detrás del miedo aun presente en sus pequeños ojos, cuando Satanael lo levantaba del suelo en sus brazos, o cuando yo envolvía una de sus manitas con una de las mías, podía ver alegría en su expresión, y a veces imitaba las palabras con las que Satanael nos comunicábamos.

  Cuando ya tenía cerca de un mes con nosotros, y estaba llegando a la mitad de su crecimiento, Azael vino a visitarnos de nuevo, aún con su expresión de asco y la mirada altanera. Antes que pudiera volver a ofrecerme trabajar para Uriel, reparó en el ser que estaba comenzando a llegar a la estatura con la que yo me representaba, en su delicado cuerpo, finas expresiones y permanente silencio.

  Y cuando pensé que saldría huyendo de ahí, gritándonos que éramos despreciables, se acercó a el néfilim y le acarició el  rostro, sobresaltándonos a mi demonio y a mí, provocando que Satanael estuviera a segundos de atacarle sin dudar. Para nuestra total sorpresa, Azael jamás le atacó, al contrario, trató de acercarse a más, aunque pudo notar nuestra alerta e incomodidad, que causó que huyera sin cuidado.

  Satanael y yo nos miramos en silencio, y supimos que algo dentro del ángel y de Azaroth había despertado, puesto que la expresión de éste último era de fascinación.

  Ese fue el inicio de una época de constantes visitas, por parte de Azael, sólo para sentarse junto a Azaroth y hablar con él, aunque realmente era el ángel quien hablaba, y el néfilim ya comenzaba a hablar y formar oraciones, imitando las palabras que había aprendido de nosotros y de sus charlas.

  Con el tiempo, Azaroth terminó de crecer, sin desarrollar más pares de alas, con su negro cabello más largo y sus manos delgadas con dedos finos. Satanael le había enseñado a pelear, un poco, en ese tiempo, y era capaz de moverse con agilidad, mas no de golpear con fuerza.

  Un día, Azael llegó con un bulto pequeño, que parecía tener enceres en su interior. Al verlo, Azaroth tomó su ropa y algunas pertenencias para guardarlas en dicho paquete, sin siquiera mirarnos, con la cabeza gacha, mientras el ángel observaba fijamente hacia otro lado. Sentí que mi corazón se derrumbaba, y debí mirar hacia arriba para contener las lágrimas. El ser al que Satanael y yo habíamos cuidado con todo lo que teníamos, estaba marchándose sin decir adiós.

  Mi demonio se puso frente a él y lo enfrentó con furia:

-¿¡Cómo eres capaz de irte, sin mirar atrás, sin pensar en nosotros, cuando te hemos dado todo lo que estaba a nuestro alcance!?

  Cuando Azaroth levantó la mirada, vi el río salado que corría por sus mejillas, y cómo se mordía el labio, con fuerza, mientras la sangre brotaba de él. A nuestro hijo también le dolía partir.

  Corrí hasta el más joven de todos, y lo abracé con toda la fuerza que era capaz de reunir. Él me envolvió también, y escuché cómo me pedía perdón por irse. Vi de reojo a Satanael cerrando sus manos en puños, y, aunque sólo me di cuenta más tarde, sentí su llanto bajar silenciosamente por su mandíbula.

  Me giré para ver a mi pareja, y le hice saber con la mirada que deseaba que se uniera a nuestra despedida. Azaroth y yo nos separamos para hacerle espacio a Satanael, que se unió formando un círculo pequeño, con los brazos de cada uno cruzando por la espalda de los otros. Juntamos nuestras frentes, y nos mantuvimos en silencio por un tiempo. Finalmente, volvimos a separarnos y yo tuve una idea.

  Anduve hasta nuestro árbol, de doradas manzanas, y arranqué una, con el fin de entregársela a Azaroth, quien la aceptó y guardó dentro del bulto que compartía con Azael, quien había observado, en completo silencio nuestro abrazo.

  Fui hasta el ángel, y le envolví con mis brazos por sorpresa. Le susurré que tuviera cuidado y que fuera fuerte, pero que también, fuera capaz de ser feliz con el que, en poco tiempo y de forma inesperada, se había vuelto un hijo para Satanael y para mí. Azael asintió en silencio y me miró determinadamente. Por fin, había madurado, aunque fuese un poco.


  Mientras el astro rey se ocultaba del cielo, y la luna comenzaba a salir, que ambos cuerpos celestes eran perfectamente visibles en el firmamento, Azael y Azaroth, tomados de la mano, se fueron del Edén, hacia un lugar que yo desconocía, pero que formaría una civilización con profundo respeto y veneración hacia la muerte, y a su regente, Anubis.


domingo, 1 de mayo de 2016

Regreso a las andadas.



Después de un pequeño descanso y recopilación de información, volvemos con ustedes, nuestros queridos lectores, muchas gracias por su espera y deseamos que esta nueva temporada les agrade igual que la anterior.

Este es un pequeño mensaje de los autores de esta larga historia.

Saludos.




jueves, 14 de abril de 2016

Y el Tiempo se detuvo.


Barachiel VI


  Cuando llegué a donde oí a Satanael, lo encontré rodeado de armas destrozadas y ángeles heridos, incluido el propio Michael. Corrí hasta el demonio sin importarme nada, solo para verlo bastante herido; él me miró como si no me hubiera visto en siglos y me abrazó con fuerza, sin embargo, oí cómo Michael se retorcía y gemía con furia.

  Me aparté lo más rápido que pude, y tomé su mano, solo para salir corriendo del paraíso, arrastrándolo conmigo. No quería que la situación ahí empeorara, sobre todo porque sabía que una vez que hacían enojar al más iracundo de los ángeles, eso no terminaría ni pronto, ni pacíficamente. Temí que nos siguieran por el jardín, que lo hirieran más de lo que ya estaba, que nos capturaran a ambos por huir o que

  Corrí por el Edén, con él siguiéndome como podía por las heridas, hasta llegar a nuestro espacio, bastante cerca del lago, cuando el Sol ya comenzaba a ponerse, alargando las sombras que se proyectaban a nuestros pies. Me giré a verlo por primera vez y lo vi temblando, sujetándose en sus rodillas; levantó su rostro, y volvió a tener la misma mirada que antes de huir del paraíso, se acercó a mí, me rodeó con sus brazos aún más fuerte que la vez anterior y escuché sollozos, amortiguados, principalmente, por sus propios labios en un intento por no derrumbarse.

  Sabía reconocerlos debido a que había oído a humanos llorando antes: mujeres después de que sus parejas cerraban sus ojos eternamente, niños que veían su objeto favorito roto, hombres que perdían a sus padres, millones de situaciones distintas; pero jamás había visto llorar a Satanael.

  Acaricié su espalda y sentí una gota, pequeña y frágil, caer de mi ojo izquierdo, aferrándome a él. Poco después, me susurró:

– “NuncaNunca más vuelvas a irte así…

  Entonces, recordé por qué fui al paraíso en primer lugar, escuché la voz de Metatrón en mi mente  ni tú… ni él pueden sentirlo”, pero la aparté. Él tampoco tenía idea de lo que estaba hablando. No podía tenerla. En ese momento entendí que, por mucho conocimiento que tengas, hay cosas que debes aprender por experiencia, como yo misma estaba haciendo en ese momento.

–“Satanael, ¿tú sabes lo que es amar?”

  Me miró confuso por unos momentos, sin decir nada, sólo para comenzar a enrojecerse unos instantes después, tartamudeó un poco y luego, tomándome de los hombros, preguntó:

–“¿P-Por qué lo dices, Barachiel?”

  Respondí sin apartar la mirada, completamente segura de lo que estaba por decir.

“Porque yo te amo, Satanael. Sin importar que los demás digan que no puedo hacerlo, o que no debo.”

  El desconcierto de Satanael creció, sus ojos se abrieron todo lo que sus párpados les permitieron, sus hombros cayeron, y el tono rojizo de su rostro se intensificó. Acorté la distancia entre nosotros, y junté mis labios con los suyos mientras la luz del día terminaba de desaparecer del cielo.

  Para cuando salió la luna, nuestras manos ya se habían tomado.

  Cuando las estrellas comenzaron a bailar por el cielo, formando siluetas brillantes en el oscuro firmamento, nuestros dedos se habían entrelazado, nos habíamos acercado más aún.

  El viento sopló, tierno, acariciando la fina hierba del suelo y las tímidas flores que empezaban a brotar a nuestros pies, pequeñas, de colores cálidos.

  La luz plateada se reflejó en la superficie cristalina del lago, mientras Satanael acariciaba mi rostro con delicadeza, como si temiera que fuera a romperme o desaparecer.

  Me aparté con suavidad, buscando sus ojos, y los encontré. Eran todavía más oscuros en la noche, pero podía ver amor en ellos, como también podía visualizar una sonrisa ligera en las comisuras de sus labios y un rubor apenas perceptible en sus mejillas.

  Se inclinó con lentitud hacia el suelo, y tomó una de los pequeños botones a nuestros pies, uno de un amarillo pastel, lo acomodó en mi cabello, haciéndome enrojecer. Unió una de sus manos con una de las mías, y me guió hasta uno de los árboles más frondosos. Tenía un tronco muy grueso, que era capaz de cubrir su ancha espalda.

  Me di cuenta de que ya estaba terminando de sanar; lo cual no me sorprendió, puesto que él mismo me había explicado que tenía la capacidad de curarse a una gran velocidad. Toqué su rostro con mi mano libre, muy suavemente, y le sonreí, a lo que él me sonrió de vuelta.

  Se quitó la armadura de la cintura para arriba, lo cual no me incomodó, no supe entender por qué, sentándose en el pasto, recargando su espalda en la madera. Me indicó que me sentara en el espacio vacío entre sus piernas, y lo hice. Me rodeó con sus brazos y me incliné hasta que mi espalda tocó su torso, mis hombros, los suyos, y mi coronilla, su mentón.

  Conocí, en ese momento, qué es lo que los humanos llaman felicidad al lado de Satanael. En ese cómodo silencio, roto por el silbido del viento entre las hojas de los árboles, él correspondió mi confesión en un susurro a mi oído. Besó la base de mi cuello y me hizo estremecer, por lo que me giré, preguntándome qué significaría eso. Con mayor rapidez, me tomó de la cintura, que habíamos contorneado cuando buscaba mi apariencia ideal, y me sentó sobre sus caderas. Lo abracé, confundida, y me sonrió.

“Quería estar más cerca de ti, Barachiel.”

  Junté nuestras frentes y le sonreí muy amplio, él solamente volvió a besarme, esta vez sin detenerse, en ningún momento, me abrazó aún más fuerte, y el tiempo, por primera vez, se detuvo.

  Se mantuvo detenido para nosotros, por mucho, demasiado, sin embargo, la noche siguió avanzando.

  Cuando volvió a correr, como el agua al caer de la cascada cercana, algo dentro de ambos había cambiado, para siempre.

  A solo un metro de nosotros, por sobre nuestras cabezas, un pequeño brote crecía rápidamente en el fértil suelo ante la luz de la luna, con hojas de un verde profundo, y la madera más resistente de todo el Edén; el primer y único árbol de su especie.

  Cuando salió el astro Rey, y la luna terminaba de esconderse, de las ramas del nuevo integrante del jardín, unas tiernas manzanas pendían.


  Brillantes y resplandecientes manzanas doradas.


martes, 5 de abril de 2016

"¿Qué es amar?"


Barachiel V


  Cuando, después de haberme atrevido a besarle por primera vez, Satanael abrió los ojos con sorpresa, tuve un mal presentimiento, sin embargo, cuando se levantó y miró a la oscura nada, inmóvil, en posición de ataque, temí lo peor. Quise tomar su mano, tranquilizarlo, decir algo, lo que fuese, pero me quedé totalmente en blanco, sin saber cómo actuar. Pasados unos segundos, se volvió hacia mí con una expresión perturbada, como si acabase de ver algo que no le alegrase en lo absoluto, aun cuando yo no pude ver nada por la negrura de la noche.

  Tuve el valor de preguntarle qué había sucedido, pero a la mitad de las preguntas, la inseguridad me atacó: ¿Y si no le había gustado mi beso?

  Me tranquilizó acariciando mi rostro con su mano, cálida, y completamente distinta a la mía, y sentí una extraña oleada de vergüenza cruzar todo mi rostro. ¿Por qué era eso?

  Para mi maravilla, volvió a besarme, esta vez con convicción. Sentí que me derretía por dentro y deseé estremecerme, pero me mantuve firme. Me emocioné de sobremanera y tomé su otra mano, igual que veía a los humanos hacer con sus parejas.

  Dormimos juntos, con los dedos entrelazados, mirando a las estrellas.


  Cuando abrí los ojos, el astro rey apenas estaba asomándose por entre los árboles, tiñendo de forma tenue las blancas nubes que retozaban perezosamente en el frío azul. La luna estaba ya desapareciendo, con timidez, mientras las avecillas comenzaban a cantar con alegría.

  Volteé a mi derecha, encontrándome con la expresión tranquila de Satanael al dormir, que estaba sobre su costado izquierdo. Acaricié su rostro con mi mano libre, pero él no despertó, por lo que sólo me levanté con mucho cuidado y caminé por el Jardín.

  Me senté en el césped de un pequeño cerro, con un árbol en la cima, y me dediqué a observar a los humanos por un largo rato, hasta que noté algo en ellos. Decidida, fui al paraíso, sin decirle nada al, aun joven, demonio, buscando a Metatrón.

  Sin saberlo, ésa sería la última vez que visitaría el paraíso por voluntad propia, y la última vez que le preguntaría algo a Metatrón.


  Llegué a un campo verde, como un valle, iluminado por los rayos del sol cálidamente, y con nubes retozando con libertad cerca del suelo, con ángeles de distintas formas y estratos volando de un lado al otro. Me dirigí con lentitud, sin mirar a nadie en específico, hacia el acantilado donde siempre se sentaba Metatrón, tomando asiento junto a él, que me miró con una expresión dura.

-“¿Crees que no sé lo que estás haciendo?

    Lo miré de vuelta con la expresión en blanco y respondí con simpleza.

-“Lo que pienses de lo que hago no me interesa en lo absoluto, ¿no fuiste tú mismo el que me dijo que solo te encargas de saber, y no de juzgar?”

  Apartó la mirada, dirigiéndola al vacío, y volvió a preguntar.

-“Así que… ¿Qué quieres saber ahora de los humanos?”

  Levanté la mirada hacia el firmamento. En el paraíso, yo siempre veía el cielo de un azul profundo, con nubes manchándolo muy ligero de blanco. Le respondí sin mirarlo.

-“¿Por qué los humanos sólo tienen una pareja?”

  La respuesta fue simple, pero aun así significó demasiado.

-“Porque ellos aman.

-“¿Qué es amar?

  Volvió a mirarme, con una expresión de desconcierto, y luego con una que jamás había visto, pero parecía reticencia.

-“Algo que jamás seremos capaces de conocer nosotros, es inherente de los humanos. Es el… 
Apreciar de forma profunda a un igual, un sentimiento puro, altruista, que provoca hacer lo que sea por el bienestar de esa persona. Lo más parecido que sentimos es la adoración por El Padre, pero solamente eso… Barachiel, ni tú… ni él pueden sentirlo, no deben, solo te traerás problemas. Detente ya. Tú perteneces aquí.

  Yo solo me levanté y me fui lo más rápido que pude sin hacer un escándalo.

  Por primera vez, no confiaba en el juicio de Metatrón.

  Cuando estaba a medio camino de vuelta, Azael me alcanzó voceando mi nombre, sin embargo, cuando me giré, pude darme cuenta que no estaba nada contento de verme. Su expresión era fría, como si estuviera molesto conmigo por alguna razón, y cuando comenzó a hablar, mis sospechas casi fueron confirmadas por el tono duro que utilizó.

-“Ya escuchaste a Metatrón, aléjate de ese demonio de una vez. Somos ángeles, Barachiel. Jamás podremos amar, entiéndelo. Para de comportarte como un niño humano y ser caprichoso.”

  Sentí como algo dentro de mí se endurecía, así que respondí en el mismo tono pedante que él.

-“Para de comportarte como un niño humano y creer que sabes todo, Azaziel, porque no lo haces. No eres Metatrón, no opines si no tienes idea.”

  Su expresión cambió a una de sorpresa total, luego pareció ofendido, pero no le di tiempo para que respondiera, sólo me di la vuelta y empecé a andar de nuevo, buscando salir lo antes posible.  Pero aún no había avanzado mucho cuando algo me hizo detenerme de golpe.

  Un estruendo increíblemente fuerte sacudió la tierra, y un grito atronador atravesó las nubes.


-“…¡Barachieeeeeel!


lunes, 28 de marzo de 2016

Bajo la Luna


Barachiel IV


  Miré una vez más su armadura, con unas manchas en algunos lados, su cabello oscuro, un poco más largo, pude analizar a profundidad las marcas que surcaban la piel de su rostro, pálida, casi blanca, y sus ojos, que respondían mi mirada de forma directa, y a la vez con duda. Analicé y grabé a fuego en mi memoria su expresión, cada parte de ella.

  Tardó un rato en responderme, y cuando lo hizo no me miró a los ojos, lo hacía los lados, casi buscando algo.

-“¿Por qué?... ¿Para qué Barachiel?”

  Pareció querer decir algo más, sin embargo, algo lo detuvo.

  Dudé sobre si decirle lo que realmente quería hacer; agradecerle por su compañía, por aceptar mi presencia, por apreciar lo que era capaz de hacer, mas no podía hacerlo, algo dentro de mí me lo impedía, me hacía temblar.

  Me dediqué monótonamente a explicarle mis observaciones sobre los humanos, sobre cómo éstos se expresaban el afecto y la gratitud y cómo había comenzado a diferenciarlos con el paso del tiempo.

  Al principio pareció confundido, sin embargo me prestó atención y escuchó lo que yo había descubierto, todo eso gracias a que Metatrón se negó a seguirme explicando los misterios que me rodeaban fuera del paraíso, harto de mis cuestionamientos.

  Había notado cómo éstos expresaban su cariño de una forma más protectora hacía lo que, después me dijo Satanael, ellos llamaban sus hijos, y cómo lo hacían más abiertamente hacía sus parejas, concepto dado también por el demonio.

  Mantuvimos siempre la cercanía mientras hablábamos, parecía cómodo, casi alegre, y yo sentí crecer algo nuevo en mi pecho, algo desconocido para mí.

  A veces tomaba algunas de las flores que había hecho crecer a nuestro alrededor y la analizaba con detenimiento, como si no terminara de creer que lo hubiera hecho yo, como si jamás hubiera visto algo así. Sentí otro nuevo sentimiento dentro de mí, y me sorprendí al saber que Satanael era el causante de aquello.

  Hasta que, mientras hablaba un día de cómo se diferenciaban los humanos, caí en cuenta de algo.

-“Tú eres un… Hombre, ¿cierto, Satanael?”

  Él asintió desconfiado, y entonces solté la pregunta que me incomodaba.

-“¿Eso me hace una mujer?”

  Se confundió por la pregunta repentina, y me pidió una explicación, por lo que expresé que había observado como los varones se relacionaban siempre con las mujeres.

  Y por alguna razón que no entendí, su rostro se coloreó de un rojo muy claro, mientras balbuceó torpemente una pregunta.

-“¿Nos… consideras… una… una… pareja?...”

  Asentí lentamente y lo miré con extrañeza. ¿Él no lo hacía?

-“Pero no siento que me veo realmente como una mujer… ¿Podrías ayudarme?”

  Después de esa pregunta, que incomodó mucho a Satanael a mi parecer, discutimos cómo se veían las mujeres, cómo andaban, actuaban, hablaban y eran anatómicamente, hasta que creé una forma con la que me sentí cómodo, ¿o cómoda?, y que se viera femenina, perfeccionándola con el paso de los días y haciendo cambio tras cambio sin miedo.

  Pasada la búsqueda de mi apariencia ideal, el demonio y yo nos recostamos sobre el pasto en silencio, observamos cómo la estrella mayor se escondía en el firmamento, cómo las nubes se teñían de un tierno color naranja y luego se retiraban de nuestra vista, empujadas por el viento hacia el oeste, cómo la contraparte de Sol se asomaba con timidez por el cielo y cómo sus pequeñas y brillantes compañeras hacían acto de presencia para formar parte del ritual nocturno acostumbrado.

  Sin saber realmente lo que hacía, y si estaba bien o no, me atreví a unir mi mano derecha con la izquierda de Satanael, igual que había visto hacer a los hombres y a las mujeres con sus parejas cuando estaban juntos, sin dejar de ver al firmamento, internamente tuve miedo de ser rechazada, temí que me mirara con repulsión, como lo hacían los ángeles, y que jamás volviera a visitarme en el Edén.

  Sin embargo, cuando volteó su rostro hacia mí, no observé nada de lo que creí que encontraría, solo una mirada serena, tranquila, tierna, y no la apartaba, la mantenía fijada en mí, provocándome un estremecimiento, de nuevo estaba ahí ese sentimiento extraño, que me removía por dentro, y él me sonrió de lado muy leve, apenas visible; aquello me llevó a armarme de valor y hacer lo que tenía planeado de antes.

  Aún sin saber si sería rechazada o no, aún sin saber si eso estaba bien o no, aún sin saber todos los problemas, y el desenlace que tendría aquello, simplemente lo hice.


  Lo besé.



viernes, 25 de marzo de 2016

La Primera Conversación


“Barachiel III”


  Siempre había pensado que mientras yo estaba cerca, él se notaba incómodo, no porque no le agradara mi presencia, sino por algo más… algo que no sé explicar con palabras, pero podía notarlo en su expresión. 

  Por unos pocos segundos, me miró con sorpresa, como si realmente fuera la primera vez que me veía, y lo más probable era que así fuera. Cuando nos encontramos antes, era aún un infante, joven e inexperto, sería normal que se olvidara de algo así… ¿no?

  Seguí cantando mientras le observaba durante unos momentos, y luego me detuve, le observé dudar sobre qué hacer, parecía pelear internamente entre acercarse y quedarse donde estaba. Por mí, habría sido agradable que él se acercara, pero supuse que creía que yo le temía, o que huiría, como todos los demás habían hecho.

  Lo vi decidirse solamente por mantenerse a esa misma distancia, pero sentándose contra un tronco frente a mí, sin emitir ningún tipo de sonido, con cautela, casi como si creyera que solo era un espejismo, un sueño del que no quisiera despertar.

  Lo miré atentamente, pues él hacía lo mismo, y se detenía cada cierto tiempo en mi bastón, que se encontraba en el suelo junto a mí, en la rosa que sostenía en mis manos, una planta meramente decorativa, en el único par de alas que me había atrevido a mostrarle, en mis brazaletes, que marcaban mi posición como un arcángel, y en mis ropajes, que había creado imitando a los humanos.

  Igualando sus movimientos, me levanté y comencé a andar hasta él, pude notar cómo se tensaba inconscientemente, cómo había roto la burbuja de calma que lo envolvía y cómo los animales que le rodeaban huían al sentir mi presencia.

  Eso siempre había sucedido y siempre lo haría, los seres vivos jamás aceptarían mi presencia.

  Me senté a su lado lentamente y observé con cuidado los detalles de su armadura, opaca, negra en su totalidad, como si se tragara la luz del Sol, él se había quitado el yelmo al entrar al Edén al parecer, pues podía notar cuánto había crecido su cabello, no demasiado, pero sí lo suficiente para notarlo, cómo ya había superado mi estatura, y sus pies y manos eran considerablemente más grandes que los míos. De forma sorprendente, él no olía a lo que Metatrón decía que olían los demonios: “sangre, muerte y sufrimiento”, él olía al bosque, a la madera de los árboles, a las hojas de hierbabuena… a tranquilidad.
  
Vi que la armadura estaba sucia en algunas partes de tierra, lodo y que tenía algunas hojas enganchadas por ahí y allí, pero no había sangre por ningún lado, lo cual me hizo sentir mejor, por alguna razón.

  Después empecé a pensar que quizá sería buena idea entablar una conversación, pero ¿cómo debería de comenzarla? Tenía miedo de decir algo incorrecto, algo que lo incomodara, o que le hiciera sentir que yo lo rechazaba de alguna forma. Jamás había tenido una plática con alguien, más que con Metatrón y Azazel, he ahí, entonces, mi dilema, puesto que no estaba con cualquiera, y sentía la necesidad de conseguir su aprobación. ¿Qué es este sentimiento?

  Me decidí, de una vez por todas, a iniciar por su nombre, algo sencillo, fácil, quizás él me respondería con tranquilidad, o quizás él pensaría que me estaba burlando. ¿Por qué tenía que ser tan difícil?

-"Entonces… Tu nombre es Satanael, ¿no es cierto?”

  Me miró profundamente, parecía no saber qué decir, el silencio creció y se expandió por el claro, lo único que lo rompía era el ligero silbido del viento que atravesaba las hojas de los árboles, los cuales se mecían con suavidad desde sus copas.

  Supuse en ese momento que le había tomado por sorpresa, y traté de pensar en algo más que decir.

-"Tú no conoces el mío, ¿verdad?”

  Negó suavemente, y entonces tuve una idea.

-"¿Qué tal si tratas de adivinarlo?”

  Me miró con los ojos en blanco un segundo, no supe más que decir.

-"Vamos, inténtalo, no puede ser tan difícil”

  Parecía que para él lo fue, puesto que ni siquiera lo intentó.

-"¿No conoces el nombre de ningún ángel?”

  Y oí su voz por primera vez.

-"No”

 Muy bajo, muy suave y grave, como un susurro, como si tuviera miedo.

  Esbocé una sonrisa, y deseé oírla más.


martes, 22 de marzo de 2016

El Mirar de un Demonio


"Barachiel II"


  ¿Que si lo noté? Por supuesto que sí. No logré verlo, se escondió bien, aparte que era pequeño, pero pude sentir su paz, su tranquilidad y su admiración.

  Tenía gran potencial, lo sentí también, pero entre todo lo que cualquiera pudiera esperar sentir por el retoño de un caído, no sentí maldad, en lo absoluto. Solo una profunda e inocente curiosidad, bastante similar a la mía, lo cual me hizo sentir apoyado, comprendido, por primera vez en mi existencia.

  Permanecí en el Edén a partir de ese momento. Reconocí a los humanos que lo habitaban, los que quedaban, claro, y lo que quedaba del templo que, para ese momento ya era antaño, los humanos se habían dedicado unos a otros, a los “más fuertes”, a los “superiores”, que podrían incluso llamarse “Dioses”.

  Reconocí cada árbol, cada arbusto, cada flor y planta, cada ser vivo que podía crecer en aquel espacio sin tiempo real y definido, y al mismo tiempo, tan similar al nuevo “mundo humano” o “plano físico”.

  Pregunté a Metatrón por los nombres de aquellas y comencé a hacerlas crecer a través de la imitación, él aceptó sin muchas ganas y me explicó sobre ellas, sin que yo le entendiera del todo. Después de muchos fallos y errores, pude comprender su funcionamiento y para qué servían cada una a los seres en movimiento, llámese humanos o animales, gracias a que las probaba yo mismo y analizaba sus efectos sobre mi “cuerpo”, o lo más cercano que mi energía podía estar a tener uno.

  También experimenté sobre mi apariencia, sobre cambiar de estatura, complexión, color de “piel” y de “cabello”, de “rostro” y esconder o mostrar mis alas, mas solo era capaz de observar estas distinciones sobre el agua del lago cerca de mi claro,  mi espacio. Por supuesto, cuando este joven demonio no se encontraba por el lugar.

  Sobre él… No me había atrevido a presentarme ante él con la misma forma de antes, andrógina y pequeña, simplemente por observar cómo se desarrollaba, cómo crecía y su cuerpo cambiaba, así que no había vuelto a cantar, y cuando me permitía acercarme a él, lo hacía pareciéndome lo más posible a un niño o niña humano, lo primero que se me ocurriera en el momento.

  Al paso de algunas venidas del demonio noté cómo tanto los humanos como los ángeles huían de él con completo terror, así que decidí preguntar a Metatrón por el alboroto.

  Satanael.

  Ése era su nombre, el hijo más joven de Lucifer.

  Él había sido un ángel amable, sincero y tranquilo… Y por un tiempo, el único que apreciaba lo que yo era capaz de hacer.

  ¿No lo sabes? Son milagros.

  Cuando el Padre me creó, el nombre que me dio fue Barachiel, que significa “bendición de Dios”, lo que con el “tiempo”, los humanos nombraron milagros. ¿Nunca habías oído que la vida es una bendición?

  Pero mientras crecían y se expandían, los humanos comenzaron a adjudicarle a otros humanos lo que yo hacía por ellos, no me sentía mal, después de todo, realmente jamás me lo habían agradecido.

  Sin embargo, cuando él cayó, los ángeles comenzaron a creer que podría hacerlo yo también, ya que éramos cercanos y compartíamos las mismas ideas.

  Ahí noté que jamás habían llegado a conocerme en verdad, puesto que yo amaba al Creador más que nadie, y no podría ser capaz de levantarme en contra de él y su voluntad.

  Por eso me separé, me aparté y escondí en aquel jardín, el único con el que había hablado era Metatrón, puesto que de él no podía ocultarme. Las pocas veces que subía al paraíso, sentía las miradas de desaprobación de los demás ángeles, sobre todo de los arcángeles, que siempre habían creído que yo no merecía ser mencionado en su misma categoría.

  Metatrón me dijo también que ese demonio era más “peligroso” que la mayoría, que no debía acercarme a él y mucho menos hablarle o entablar algún tipo de relación, sin embargo, yo sabía que no era así, que el joven alto, de piel terriblemente pálida, ojos oscuros como una noche sin luna y cabello del color del ébano, que solo me había permitido ver una vez, en la cual, demasiado agotado para luchar contra el cansancio, se había quitado el yelmo de su sombría armadura negra en su totalidad y se había quedado dormido bajo el árbol triste que frecuentaba en el bosque, no era el cruel y sanguinario asesino que todo el mundo decía que era, que era solo alguien que buscaba comprensión… justo como yo.

  En ese momento noté que tenía marcas en la piel más oscuras, y una mirada profunda, pero no intimidante sino… solitaria, y deseé ser capaz de acercarme a él para tocarlas, para conocer cómo era la textura de la piel de un ser físico real, pero sabía que él no me lo permitiría tan fácilmente, por lo que solo esperé a que se fuera para volver a la forma con la que él me había conocido, y tomé una decisión.

  Aguardé pacientemente a los alrededores de las ruinas, puesto que era el lugar por el que siempre entraba al Edén, hasta que llegó un tiempo después, no sabría decir cuánto en sí, nunca he sido bueno para eso, y volé lo más rápido que pude hasta el lugar donde me vio por primera vez y comencé a cantar como había practicado en solitario.


  Sentí su presencia y su mirada sobre mí, y por primera vez, me permití mirarlo mientras él me miraba. 





lunes, 21 de marzo de 2016

Los Iluminados


"Barachiel I"


  La verdad no es más que un punto de vista, subjetividad, opinión.

  La creación de la vida, los buenos y los malos no son más que eso, antagonistas defendiendo sus ideales, lo que creen, lo que piensan.

  No todo es completamente bueno, ni completamente malo, completamente blanco o negro.

  Las historias existen para ser contadas, escuchadas, recordadas y repetidas, para ser pasadas de generación en generación y ser conocidas.

  Sin embargo, hay historias que han sido olvidadas o escondidas, por miedo o conveniencia, por cobardía o ambición, nada más que intereses superpuestos los unos en los otros.

  El mundo es mucho más antiguo que la prehistoria, que los dinosaurios y que la propia conciencia humana y su rastro por la tierra.

  La vida existía en otro plano antes de aparecer "físicamente", en un plano inmaterial, etéreo, espiritual, en todo lo que fue creado antes de que el hombre como tal fuese concebido.

  Cuando realmente la vida comenzó, fue cuando el Padre formó conciencia real, cuando comenzó la creación de sus avatares, de los denominados "ángeles".



  Nacido bajo la luz, en las creaciones divinas, conocí solo a estos seres, "los ángeles", sólo lo que ellos querían que yo conociera.

  Era uno de los elegidos, iluminados por el creador para proteger, velar y cuidar su creación.

  Uno de los desconocidos por los hombres, pocos reconocen mi nombre o mi verdadera apariencia.

  Mi nombre es Barachiel.

  Despreciado por los mensajeros de Dios y por los descendientes del Caído, a quien yo había admirado y apreciado, vivía en soledad, escuchando y observando la creación del Señor y atendiendo sus súplicas por ayuda, sin que ellos supieran realmente a quién agradecer.

  Ningún ser vivo deseaba tener contacto conmigo, no era más que una manifestación de la luz sin materia, energía sin ningún tipo de contenedor, lo poco que conocía lo había descubierto por mí mismo, a partir de búsquedas, pruebas y experimentaciones.

  Le daba vida a la naturaleza, la controlaba a voluntad sin ningún tipo de problema.

  Cuando fui creado el Señor me explicó mi función, y me dijo que era el único que podría tener contacto directo con él, mas no con alguien más. Los ángeles creían que no lo merecía, que no era más que un ser alado debilucho, miserable, patético.

  No tuve infancia en lo absoluto, porque el haberla tenido habría representado una especie de crecimiento físico y aumento de la conciencia y el conocimiento. No. Yo nací con plena y total conciencia de mi entorno, podía adoptar la forma que quisiera y se me antojase, tenía completo control de mi apariencia, con la única excepción de mis alas, mis tres pares de alas, de los cuales solo mostraba uno.

  Rondaba el paraíso a voluntad de un lado al otro encontrándome al resto de arcángeles y seres alados de "menor categoría", como solían llamarlos los iluminados.

  Solo dos de estos "seres inferiores" solían tener relación conmigo: Metatron y Azaziel, el segundo odiaba ser llamado así, por lo que usaba un apodo: Azael.

  Pero ninguno me comprendía ni apreciaba, yo no conocía lo que significaba tener un amigo o alguien en quien confiar, solo me tenía a mí mismo y a nadie más.

  Con el paso del tiempo, relativo, claro, puesto que en el paraíso no existe tal cosa, descubrí un lugar entre el paraíso y el purgatorio: el Edén.

  Un pasadizo, un lugar tan bendito como el reino de los iluminados y tan maldito como el reino de los caídos, un lugar donde no había nadie para juzgarme.

  El lugar perfecto para mí.

  Entre los árboles rebosantes de frutas y los arbustos llenos de flores, encontré un claro donde aprendí a interpretar la voz del viento entre las hojas y a imitarla, algo que los humanos llaman cantar.

  Había explorado ya la zona, y había conocido ya todos sus rincones, incluido un árbol diferente al resto junto a un lago cristalino cerca de una cascada, pero yo cantaba a unos pocos pasos de ahí, escondido entre los árboles, donde podía oír perfectamente el viento.